Beatificación | Noticias | Toda una vida en versos
La Ciudad del Guadalhorce, del Torcal y de la Vega
la muy Leal, muy Noble, Levítica y Franciscana,
vio nacer a Carmencita en su casa solariega,
en el siglo diecinueve, de Salvador y de Juana,
prez de la Iglesia de Cristo, que en gozo inmenso la anega.
Niña, adolescente, joven desposada, religiosa,
clavel, margarita, rosa, lirio morado, azucena;
su vida, obra y mensaje, son la herencia generosa
que Dios regaló a Antequera, como la madre más buena,
cual rico filón de oro y la piedra más preciosa.
Flor de olor selecto y fino, la vemos y la gozamos
con sus padres, sus hermanos y familia en fuerte lazo;
bello clavel de un parterre que plenamente admiramos,
tan piadosa, tan constante con Dios en fértil abrazo,
que mientras más conocemos, más la queremos y honramos.
Clavel que ya, de pequeño, por entero perfumaba
a su doméstica iglesia, el hogar de sus mayores;
impregnada de virtudes, Carmen siempre visitaba
templos, hogares, escuelas, con sus mejores colores,
para mejorarlo todo por doquiera que pasaba.
Margarita, flor del campo, verde como la esperanza
y blanca como la nieve: así es su adolescencia;
constantemente se forja y con la oración avanza
mirando con fe al futuro; con notable competencia
medra en edad y cultura y en sí misma se afianza.
Tallo hermosísimo y tierno, que en belleza y amor crece,
animada por su madre, de forma sobresaliente
educada, cada día más bellísima parece
ante propios y extraños con servicio permanente,
como una rosa encendida que dando aroma fenece.
«Mi hija es una santa», su buen padre repetía,
trabajadora en la casa, vivaz, discreta, humana,
su ejemplar comportamiento mucha gente lo advertía
en su trato con los pobres, y, modelo de cristiana,
con Jesús Sacramentado y con la Virgen María.
La humildad y la pureza son alas que elevaban
hasta Dios a Doña Carmen, de Antequera linda rosa;
los que bien la conocían casi la divinizaban
por su perfume suave y su calidad preciosa
en su cuerpo y en su alma y sin cesar la alababan.
Lirio morado subido, por su caridad forjada
en el yunque de las penas de su boda y matrimonio;
era dócil con su esposo, obediente y abnegada;
con aguante en sumo grado daba vivo testimonio
de comprensión y cariño, como perfecta casada.
Casó a los veintidós años con Joaquín Muñoz del Cano
hombre educado en la calle, alegre y dicharachero,
pero cruel con su esposa, falsario, fue vivo engaño,
jugador empedernido, celoso, fresco, grosero,
que la humillaba y pegaba proporcionándole gran daño.
Dice la historia que Carmen conocía su indigencia
de moral; aconsejada por alguien, llegó a casada
para salvar a este hombre de sus vicios; con paciencia
vivió siempre obediente y, por cariño, entregada,
con su comunión diaria logró de él, penitencia.
Viuda fue y la azucena, por su vida bondadosa,
por su perfume incansable en su obra educativa
con la infancia abandonada, creaba escuelas, gozosa;
y a los enfermos y pobres, pronta y constante, iba
a sus casas y hospitales, siempre misericordiosa.
Sufrida como el almendro, supera duros rigores
por los fríos y los vientos, basada en firmes raíces;
por Dios pasa lo indecible, entre luchas y dolores;
de sus santos confesores tuvo sabias directrices,
y, al ser maltratada, daba sendas lluvias de sus flores.
Fray Bernabé de Astorga, religiosa capuchino,
Guardián de Antequera, dirigió con eficiencia
el alma de la Terciaria Franciscana, con gran tino,
por su piedad comprobada, su saber y su experiencia,
junto a Carmen, le dio vida de la Obra en el camino.
Fundan en solo diez años once conventos: valía
de perfección religiosa a Cristo Crucificado;
en Castilla, Cataluña, Valencia, Andalucía,
Murcia, las Verdes Antillas, Melilla y otros; cuidado
empeño, a gusto, le dejan, pleno de fe y empatía.
Carmen, hija de Antequera y Madre de tanta gente
que la quiere y la respeta, en los tiempos y lugares
donde cala su mensaje de amor a Cristo doliente…
como vara de azucena llena de perfume lares,
conventos, templos, colegios, haciendo el bien santamente.
Madre Carmen está en el cielo, la propia fe lo revela,
que vive con Dios gozosa; de forma sobresaliente
atiende a la Iglesia entera; con esperanza vela
mira por sus religiosas de manera preferente,
vigilando y protegiendo, cual seguro centinela.
La iglesia, Madre y Maestra, hace más rica la historia,
para alabanza y modelo, al declararte Beata;
gozas con Dios, en el cielo, tu merecida victoria;
pide al Señor que llevemos, ahora, una vida grata
y disfrutemos, mañana, contigo, la misma gloria.

Con todo afecto, admiración y agradecimiento
Bartolomé Lobo Jaén
Capellán de las Carmelitas y Notario Adjunto de la Causa