Hermana Clarivel
«Desde que tengo
uso de razón quiero
ser monja...»

La vocación me fue dada de pequeña; desde que tengo uso de razón quiero ser monja. Recuerdo que muchas veces le decía a mi madre que quería ser religiosa, y ella no me decía nada; seguro pensaba que eran cosas de niña, que yo no sabía lo que decía y que, pasado el tiempo, se me olvidaría. Y sí, tenía razón: se me fue olvidando poco a poco hasta que desapareció de mi cabeza esa idea, pero no de mi corazón.

A medida que me fui haciendo mayor, ya todo era diferente; mis sueños eran otros: estudiar, hacerme una profesional y trabajar, etc. El Señor no estaba de lleno en mis planes; aunque esto no quitaba que formara parte de un  grupo de jóvenes cristianos y fuera a Misa, porque esto para mí era una prioridad, pero no la única; me atraían otras cosas. Por este motivo, mis pasos cambiaron de rumbo, me fui alejando del camino que el Señor tenía trazado para mí… Pero Él no me dejó sola y me ayudó: me agarró de su mano, y, como a una ovejita extraviada, me subió a sus hombros, me curó las heridas y me atrajo, con más fuerza, hacia Sí.

Conocí a las Hermanas a través del párroco de mi parroquia. Él organizó una convivencia con los coordinadores de los grupos de la parroquia en una de las casas de esta Congregación. A esta convivencia, como coordinadora, también asistí yo. Previamente, mi párroco, sabedor de mi inquietud vocacional, me había anunciado que me presentaría a las Hermanas, y así las conocí y comencé  a relacionarme con ellas.

Desde ese día la casa de las Hermanas fue también la mía. Allí  resurgió mi vocación; allí me hablaba el Señor en la profundidad, por medio de los ancianos, por el testimonio de las Hermanas, y me invitaba al silencio y a la oración. Allí constaté que se vivía ese amor fraterno que tanto les caracteriza y que, en la relación entre ellas y con los ancianos, se podía palpar muy fácilmente. Desde ese día, esa casa comenzó a ser mi refugio; allí encontraba la respuesta que tanto buscaba, allí me sentía realizada. Cuando las visitaba –aunque solo participaba con las Hermanas en los rezos y en el recreo–  pensaba y le decía al Señor: “este es mi lugar, aquí quiero permanecer; alabarte como ellas, amarte como ellas, al estilo de San Francisco y Madre Carmen”.

Posteriormente, invitada por las Hermanas, comencé a asistir a convivencias vocacionales que ellas organizaban en un lugar de la Vega donde tienen una casa que le llaman "la Cumbre”. Yo asistía con muchísimo gusto, y fue en una de estas convivencias, después de haberle preguntado tantísimas veces al Señor: ¿Señor que quieres de mí?, ¿qué quieres que haga por Ti?, donde obtuve la respuesta: «Si alguno quiere venir, en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame", y donde tomé la decisión definitiva: ¡me voy al convento!

Llegó el momento de comunicar esta decisión a la Madre Altagracia Acosta, Vicaria de Santo Domingo en ese momento. Tenía yo entonces 15 años. Cuando llegó el día de hablar con ella para decirle lo que sentía en mi interior, el corazón me palpitaba a más no poder. Poco a poco me fui tranquilizando y hablé con ella. Me dijo que yo aún era muy joven, que tenía que terminar el bachiller y cumplir 18 años para poder comenzar el Aspirantado. "Bueno, este es ya el primer paso –me dije–, me faltan tres años y el tiempo pasa volando".  

Y así fue, en un abrir y cerrar de ojos el tiempo pasó; aunque he de confesar que en el transcurso de esos años ocurrieron cosas que bien pudieron haberme apartado de mi camino; pero el Señor me ayudó y me mantuve firme; no me dejó sola. Él estaba en mi camino y me llevaba de la mano; yo era su elegida, su favorita. Su llamada era como un fuego abrasador que ardía en mi pecho y ardía aún más fuerte cuando estaba en la oración, en Misa o, simplemente, cuando mis oídos escuchaban algo de: entrega total, consagración, ¡sígueme...!

Terminado el Bachiller, le comuniqué a mi papá mis deseos de ser religiosa y de vivir un tiempo de experiencia con las Hermanas. Para mi sorpresa, esta fue su respuesta: "Demuéstrale al mundo que tú puedes, y no mires para atrás ni para coger impulso".

Comencé el Aspirantado con la ilusión de ser toda para el Señor y dispuesta a seguirle y a hacer su Voluntad y no la mía. Esta etapa duró ocho meses. A través de la formación que fui recibiendo y de conocer más de cerca la vida de la Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones descubrí, ya sin duda alguna, que este era mi camino.

Un 24 de agosto de 2016, volaba rumbo a España. El 25 llegué a esta Casa Madre, donde reside el Noviciado y donde tantas Hermanas, seguidoras de nuestras Beatas Madre Carmen y Madre Carlota siguen al Señor. Y aquí estoy yo queriendo ser santa como ellas y desgastarme por Él. Tengo la inmensa alegría de haber sido admitida a la Profesión  religiosa... "por la que cada Hermana se entrega totalmente a Dios sumamente amado y es consagrada más íntimamente a su divino servicio...",  La celebraré, Dios mediante, también un 24 de agosto "¡nada pasa por casualidad!.

Hermana Clarivel Valenzuela de los Santos.
Franciscana de los Sagrados Corazones
"La casa de las Hermanas fue también la mía. Allí  resurgió mi vocación; allí me hablaba el Señor..."
Su llamada era como un fuego abrasador que ardía en mi pecho y ardía aún más fuerte cuando estaba en la oración...