Hermana Madeleiny
«Me has seducido
y me dejé seducir»
Un nombre no tan normal, en un país del mundo normal, con una familia normal, y una cultura normal. Quizás una joven muy parecida a ti… Hola, soy Madeleiny Reyes Castillo, nacida en un campo de la Vega en República Dominicana y quiero compartir contigo el amor que cambió mi vida.
«Voy a ser sirvienta», esa fue la primera vocación que le dije a mi madre con tan solo cuatro años; lo único que recuerdo es que se enfadó, pero ¿qué más da? tan solo era una niña. Quiero ser monja fue mi segunda vocación a mis siete años, no te puedo explicar cómo fue que aquel «tan gran seductor» puso esas palabras en mi boca, nunca había visto una hermana, ni siquiera sé de dónde aprendí esa palabra, sólo sé que cuando crecí un poco más y me fui a la ciudad, las veía y mi corazón palpitaba más y más… se me quería salir.
Antes que me formara dentro del vientre de mi madre el Señor me conocía y me consagró, y me fue hablando en las pequeñas cosas de la vida; me sedujo y me dejé seducir, me llenó de palabras de amor y en mis oídos me susurró que me amaba, era inevitable no escucharle. Recuerdo que cuando era muy pequeña me decían: «Cuando veas una estrella fugaz, pide un deseo y el Señor te lo cumplirá»; siempre pedía lo mismo: «Señor que cumpla 14 años para entrar en el convento» y cuando se acercaba la fecha para cumplir los años esperados, le pedí a mi madre que me regalara ir a conocer algunas hermanas para pedir la entrada a un convento. En ese mismo año fueron al Liceo donde estudiaba, las hermanas, no saben lo que sentí en ese momento, anhelaba que fueran a mi curso pero… no fueron porque el tiempo no les alcanzó, comprendí que mi camino no es el camino de Dios y que mi tiempo no es el tiempo de Dios.
Todo seguía normal, ninguna pista de Dios, todo estaba en silencio, pero en lo más hondo de mi corazón estaba plasmado como un sello indeleble ese deseo de ser «sirvienta de Cristo».
Cumplí mis 14 años y veía que no pasaba nada, hasta que un día para gloria de Dios, me enfermé y en el hospital donde iba a consulta, me encontré con una hermana, mi madre se le acercó y le comentó mi caso (de la vocación), yo estaba muy nerviosa, más aún, cuando esa hermana se sentó a mi lado y me entregó una estampa de Madre Carmen, me explicó quien era, que había hecho…, me invitó a una convivencia vocacional que sería al día siguiente, todo era la gracia de Dios que me acompañaba y volvía a despertar en mí el deseo de seguirlo. Participe en la convivencia y sentí tan fuerte el llamado de Dios y sus manos puestas sobre mi cabeza, que jamás he dudado de mi vocación. Jesús encendió en mi corazón la chispa del amor y penetró en los lugares más íntimos de mi ser. Desde ese momento empecé a decir que tenía un novio y que se llamaba Jesús. Comprendí aquellas palabras de la Beata Teresa de Calcuta: «Sólo Él es el camino que merece la pena seguir, la luz que merece la pena encender, la vida que es digna de ser vivida y el amor que merece la pena amar».
Al final de la convivencia nos preguntaron qué nos había parecido y dije: «si me permiten entrar, me quedo hoy mismo con ustedes» parece muy precipitado pero fue lo que mi corazón me inspiraba. Seguí participando en todos los encuentros. Cuando terminé el Bachillerato pedí la entrada al Aspirantado interno, pero me dijeron que era aún muy pequeña, que tenía que tener 18 años, que tristeza, faltaban aún dos años. Dios sabía lo que hacía y estoy segura que lo hace todo para nuestro provecho.
A los 17 años, volví a pedir la entrada y me dieron fecha, en enero, pero a causa del terremoto de Haití, no pude entrar. Después dijeron que entraría en marzo pero no sé qué pasó, sólo sé que no entré. Al fin entré el 11 de abril de 2009 e inicié mi camino en la barca del Señor.
Al cumplir los 18 años pedí la entrada al Postulantado, pero los planes de Dios eran otros, tuve muchos problemas con la visa que no me llegó hasta septiembre.
Llegué aquí el 27 del mismo mes y aquí estoy, pasando los días más felices de mi vida, deseando que muchas jóvenes abran las puertas de su corazón a Dios y que Él las enamore como lo hizo conmigo.
Hoy comprendo que el «Te amo de Jesús» eran mucho más que cinco palabras, es la entrega en Belén, en la Cruz y en la Eucaristía. No quiero más ocupación que está: Apagar la queja del amor que no es amado y entregarme por completo a Aquel que me predestinó, me eligió y me amó con la mayor ternura.
Hoy puedo decir: «Soy la prometida del Señor de los cielos».
Después de compartir contigo mi historia, no crees que vale la pena seguir a Jesús, tener memoria sólo para acordarse de Él, entendimiento sólo para conocerle y pensar en Él, te aseguro que vale la pena vaciarse enteramente del mundo y llenarse totalmente de Jesucristo. Pídele a Jesús ser prisionero de su amor.
En lo más hondo de mi corazón estaba plasmado como un sello indeleble ese deseo de ser «sirvienta de Cristo»...
Aquí estoy, pasando los días más felices de mi vida, deseando que muchas jóvenes abran las puertas de su corazón a Dios y que Él las enamore como lo hizo conmigo...