Hermana Nuria
«Desde pequeña siempre me sentí llamada por las cosas del Señor...»
Historia de una ovejilla
Me llamo Nuria y tengo 24 años, soy vallisoletana y esto es lo que Él ha hecho en mi vida:
Desde muy niña siempre me sentí llamada por las cosas del Señor, aunque entonces, yo no me daba cuenta. Me gustaba ir a Misa y escuchar lo que decían, a pesar de entender bien poco.
Un día, siendo aun pequeña, me dijeron que Jesús era mi mejor amigo; y lo fue ya para siempre.
Me apuntaron, casi de coincidencia (pero nada pasa por casualidad), al colegio de las Hermanas. Allí me enseñaron casi todo lo que sé del Señor. Cuando llegué a 2.º de E. Primaria empecé a asistir a las catequesis en la parroquia. Yo era la más pequeña del grupo, todos los demás eran de 3.º; por lo tanto, tampoco me enteraba de mucho, pero sí sabía una cosa: Jesús seguía siendo mi mejor Amigo y a Él le recibiría el día de mi Primera Comunión. Ese día fui feliz de estar tan cerquita de Jesús.
Cuando llegué a 5.º de E. Primaria entré en Paz y Bien, donde mi amistad con Jesús fue haciéndose más fuerte y más seria: me comprometí a ser una buena amiga para Él porque Él era el mejor Amigo que yo podía soñar. En ese momento, no había en mí ningún indicio de llamada a la vida religiosa; sólo era un Amigo con su amiga.
Al cumplir los 12 años, comenzó Jesús sus carreras detrás de esta ovejilla torpe y asustada. La primera fue en 6.º y se me grabó de tal manera que aún me veo sentada en la capillita del colegio, en aquella celebración de Paz y Bien un día cualquiera. El sacerdote hablaba del compromiso, y de pronto le pidió a una Hermana un anillo y nos lo mostró: un anillo sencillo, que significaba su pertenencia, su compromiso con El Señor. En este momento se despertó en mí algo que no entendía: ¡Yo quería ese anillo! Pero ¿por qué? Ese anillo era de monja, yo no quería ser monja, pero quería el anillo. Lo solucioné rápido: “Jesús, monja ¿yo? ¡Imposible que me pidas eso precisamente a mí! “. Y, ¡tema zanjado! Me hice la idea de que nada había pasado y seguí a lo mío: jugar, estudiar, crecer...
Llegó esa época maravillosa que es la adolescencia. Me hice amigas fuera del cole y por las tardes quedaba con ellas. A veces dejaba, o pretendía dejar, de ir a Paz y Bien.
Pero el Señor no me iba a soltar tan fácil. Este fue el principio del combate que duró años, porque, si Jesús en su infinita misericordia había puesto sus ojos en la ovejita torpe, también "el malo" quería atraparla y estaba dispuesto a usar todas sus redes. Mi corazón se zarandeaba de un lado al otro: tirado unas veces por el amor a Jesús, otras por el miedo a la entrega; unas por la gracia de Dios, otras por la atracción del pecado; unas por la fuerza del Espíritu y otras por las redes del mundo.
Cumplí 15 años y ya no era una niña. Jesús quiso poner ante mis ojos su más grande prueba de Amor. Durante este año fueron muchos detalles de su amor calando en mi alma; el más fuerte, tal vez el día de Santa María de Paz y Bien: había una cruz frente a mí y habíamos cantado “Nadie te ama como Yo”. Esas palabras tan repetidas, me golpearon como si fueran para mí, como si nunca antes las hubiera escuchado. Se quedó grabado en mi corazón.
Y llegó la convivencia de Pizarra2008. Entré en el albergue y leí “Franciscana ¿por qué no?” pero decidí no contestar (aunque la respuesta ya estaba ahí; me dije “Franciscana, ¿qué se yo?”). Rondaba en mi interior otra pregunta: "¿Quería ser sólo del Señor?" Sí, sí quería pero estaba atada a tantas cosas... Me encontré cara a cara ante una imagen suya que decía: “A Jesús es imposible conocerle y no amarle, amarle y no seguirle". Con eso me mostró que por mucho que se alargara la lucha entre mis “amores” y su Amor, Él ya tenía, de antemano, la batalla ganada y me rendí por un tiempo a Él, quise entregarle mi corazón y mi voluntad “Señor lo que Tú quieras aunque yo no lo sé, que mi amor sea decirte sí”. Incluso le confesé a alguna amiga lo que sentía.
Como veis parecía que todo iba viento en popa, pero era sólo la calma que precede a la tempestad:
A los 17 años empecé el bachillerato, y comencé a hacer mis planes en los que no decidía en nada el Señor. Quería que Él estuviera ahí, sí, pero, más o menos, como un pariente que se visita de vez en cuando, y ¡nada de compromisos!
Desde hacía algún tiempo había empezado a tener otras amistades, además de las del cole, con las que caminé por malos ambientes. Al principio iba con la intención de llevar al Señor a esas personas, pero cuando el Señor empezó a quedar relegado a un segundo y tercer plano en mi vida, todas esas cosas empezaron a tirar de mí, a atarme y atraparme. Tenía en mi corazón una sed inmensa de amor, pues había cerrado las puertas de mi corazón al Amor de Dios, y busqué saciar esta sed en charcos de agua sucia: le di todo el corazón a las cosas, a las amistades buscando ser correspondida con el amor que me hacía falta. ¡Imposible!
En medio de toda esta oscuridad en la que yo voluntariamente me había escondido, Él no se rendía, no tiraba la toalla, y yo no había dejado de ir a Paz y Bien, ni a Misa los domingos y a otras actividades (aunque tenia escusas para faltar siempre que me salían otros planes). Pero, gracias a esto, en medio de mi ceguera, tuve momentos de luz, de llorar ante Él mis pecados, de querer volver a Él... pero, enseguida, yo volvía a apagar la luz, pues presentía lo que habría si llegaba hasta el final, y aun no estaba dispuesta. Había construido un muro entre Él y yo y tendría que tocar fondo para desear verdaderamente tirar el muro. A los ojos de la gente pasé por “una época rebelde, pero siendo una buena niña”. Sólo mis amigas más cercanas de Paz y Bien cayeron en la cuenta de que pasaba algo “raro”.
Empecé la carrera y aunque no entré en la que quería, lo que estudiaba me apasionaba, así que empecé a sacar buenas notas, hice muchas amistades buenas, seguía con mi Fraternidad de Paz y Bien... Aparentemente, por fin había asentado cabeza, había vuelto más o menos “al buen camino” y tal vez yo lo había hecho pero no mi corazón: Jesús no era el primero...
Todo me iba bien en la vida, quería mucho a mis amigos, estaba en un par de voluntariados, tenía la vida hecha, pero había perdido lo más importante: al Señor. Vivía bien, pero tan superficialmente casi todo el tiempo que se podía decir de mí: “sobre-vivir es estar muerto”. Nada llenaba del todo mi corazón. Siempre, después de todo, había en mí un vacío que era el lugar del que había echado a Dios, y dolía tanto este hueco que yo no me atrevía a mirar bien en mi interior, tenía que vivir de piel hacia fuera.
Me dieron la oportunidad de ir de nuevo a Pizarra 2014 y yo rehusé de todas las maneras posibles: tenía otros planes, no tenía dinero... Pero estaba en los planes de Dios que yo fuera y se las ingenió para que estuviese ahí. Fui de animadora, por tanto tenía que llevar un grupo de reflexión. Cuando empecé a hablar a los niños del Señor, de ser cristiano de verdad... me asusté de la incoherencia que había entre lo que yo decía y lo que estaba haciendo con mi vida, empecé a darme cuenta de que les hablaba de lo que había vivido en otra época, pero ¿que pasó?
¿Qué había pasado? ¿En qué momento me había perdido?
Me propuse volver a ser una buena cristiana desde ese día, pero había algo más: estaba en el lugar en que le había querido entregar mi vida al Señor, todo me traía recuerdos, aunque yo me decía que eran cosas pasadas... ¡Qué va! Él aún me estaba esperando. Tuvimos una oración con el Santísimo expuesto en la que se hizo un gesto: de cada grupo tenía que salir un chico/a a ofrecerle al Señor un vaso de cristal (lleno, vacío, tumbado...). De mi grupo me tocó salir a mi y ofrecerle al Señor un vaso medio lleno: ¡Era mi vida!. Tenía que decir: "Señor este es mi vaso, no está ni lleno ni vacío voy pasando por la vida poniéndote una vela a Ti y otra..., ¿a quién...?
"¡Basta ya!, ¡quiero llenarme de Ti!” Esas eran las palabras que mi corazón necesitaba decir... Mi alma fue pasando del llanto a la paz. Fue como cuando saltas a una piscina y necesitas llegar al fondo para pegar una patada, coger impulso y salir deprisa a la superficie y poder, por fin, respirar. Y respiré: mi corazón se llenó de Él y viví. Ya no quería nada más sin Él; ahora sí estaba dispuesta a todo para no perderle. Y Él fue diciéndome lo que quería de mí muy despacito y rápido a la vez: “te quiero mía” y yo escuchaba. Ahora quería hacer, quería seguir su voz.
Volví a casa siendo otra. La carrera, la familia, los amigos..., los quería, me gustaban, incluso ahora los quería más; los quería –creo yo– con más libertad.
Ahora, yo tenía que encontrar mi camino. Hablé con mi mejor amiga –que era también madrina de mi confirmación– de todo lo que me pasaba: que quería ser del Señor y no quería hacerle esperar más. Ella me dijo: "pregúntale dónde". Yo ya sabía la respuesta en lo más profundo de mí, pero preferí preguntar, y la respuesta llegó como un rayo: Franciscana ¿por qué no?
Hablé con una Hermana que me aconsejó que me pusiese en contacto con la Madre Maestra, y todo fue rápidamente hacia adelante. Lo que había caminado huyendo del Señor y del convento lo recorrí ahora, a toda velocidad, en sentido contrario. Era Él, mi Pastor, quien llevaba en brazos a la ovejita torpe que por fin se había abandonado en sus brazos.
Transcurrieron algo menos de 5 meses desde aquel Pizarra 2014 y mi entrada en la Victoria. Él me sostenía y daba la fuerza; en eso conocí aun más que estaba haciendo su voluntad, pues siempre había creído que nunca tendría fuerza para despedirme de aquellos a quienes quería tantísimo, y, sin embargo, la tuve; y también para afrontar el disgusto que daba a algunos.
No había ya dudas en mi corazón. Jesús me llamaba y yo quería responder, de una vez por todas, sí. Además tenía una certeza: Él mismo cuidaría de todos los que dejaba atrás. ¿Podrían estar en mejores manos? Aun hoy sé que Él no me ha fallado.
El verano, antes de venirme al convento, fue de viajes; el último, a Lourdes, donde pude dejar mi vida también a los pies de María que siempre ha sido mi compañera y va marcando los momentos más importantes de mi vida, aun cuando yo no me doy cuenta.
Por fin llegué al convento el 8 de septiembre de 2014 y esto parece el final de la historia, pero no, no es más que el comienzo. El día en que la Iglesia celebra la natividad de la Virgen yo nacía también, comenzaba una vida nueva.
Poco a poco me he ido dando cuenta de que este es el puzle en el que encajaba yo; ningun otro lugar en el mundo. Aquí Jesús me ha ido cuidando, me ha hecho crecer, regándome con delicadeza y, también, podando mis hojitas.
No sé que más puedo decir, el Postulantado pasó volando y trajo consigo muchas lecciones, muchas sonrisas y algún que otro coscorrón, que me hicieron acercarme más a su Corazón.
Después, el 12 de septiembre de 2015 (dulce nombre de María) me hizo un regalo más: mirando mi miseria y lo poca cosa que soy, me revistió de Él para que nadie se pare en ver a la ovejita, sino que todos conozcan cuán bueno es su "Pastor". Desde este día visto el Hábito de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones.
Ahora que veo ya cerca el día de Consagrarme al Señor, miro atrás y sólo puedo dar gracias por todo lo que ha hecho conmigo. Él ha tomado en sus manos este corazón de barro y lo va moldeando y transformando con su amor. Sé bien que es Él quien lo hace todo y pido al Señor y la Virgen, que me concedan vivir para cantar siempre la misericordia de Dios entregándole toda mi vida; y que, como un día se me mostró a mí, pueda yo también ir por esos mundos mostrando a los hombres el amor que Dios les tiene.
“A Jesús es imposible conocerle y no amarle, amarle y no seguirle..."
En medio de toda esta oscuridad en la que yo voluntariamente me había escondido, Él no se rendía...

Mi corazón se llenó de Él y viví. Ya no quería nada más sin Él; ahora sí estaba dispuesta a todo para no perderle...

 

Sé bien que es Él quien lo hace todo y pido al Señor y la Virgen, que me concedan vivir para cantar siempre la misericordia de Dios entregándole toda mi vida...